Durante décadas discutimos los arbitrajes aceptando una explicación elemental: el árbitro se equivocó. El problema empieza cuando esa explicación deja de alcanzar. Cuando frente a una decisión incomprensible dejamos de preguntar: “¿Cómo no lo vio?”
Y empezamos a preguntarnos: “¿Por qué cobró eso?”
Entre esas dos preguntas cabe buena parte de la credibilidad de una competencia. No se trata de afirmar que los árbitros manipulan partidos ni de transformar cada fallo polémico en una conspiración. Se trata de preguntarnos algo mucho más incómodo: ¿el sistema arbitral argentino ofrece suficientes garantías de independencia, transparencia y control para que podamos seguir creyendo en el error?
Porque detrás de cada fallo hay algo más que un resultado. Hay carreras.
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